Adrián Fuentes Aguilar Escritor · Écija ← Cuaderno
Un escritor en su mesa al atardecer; las páginas echan a volar sobre la ciudad hasta convertirse en pájaros.

Cuaderno · Escritura

Por qué escribimos aunque nadie nos lea

La primera novela que escribí cabía entera en una carpeta de la que no salió en años. La terminé, la guardé y seguí con mi vida. Nadie la pidió, nadie la esperaba y, durante mucho tiempo, nadie la leyó. Y aun así volví a sentarme a escribir la siguiente.

Esa es la parte que cuesta explicar a quien no escribe: que la escritura, antes de ser un libro, una venta o una reseña, es otra cosa. Una necesidad rara, bastante incómoda, que no pide permiso ni espera recompensa.

Se tiende a pensar que uno escribe para publicar, que publica para que lo lean y que busca lectores para algo parecido al reconocimiento. Dinero, casi nunca, porque los números del oficio son los que son. Pero esa cadena se rompe en cuanto uno mira de verdad lo que hace, porque la mayor parte del trabajo —las horas buenas, las que de verdad importan— ocurre cuando todavía no hay ningún lector posible. Cuando solo están el texto y uno.

Yo escribo después de trabajar, casi siempre de noche, cuando la ciudad ya se ha callado. No es el horario romántico del escritor de película; es el hueco que queda. Y en ese hueco no hay nadie aplaudiendo ni comprando nada: hay una frase que no termina de funcionar y un rato robado al sueño para intentar que funcione. Si esperase a tener público para justificar ese esfuerzo, no habría escrito una sola línea.

Escribir es, sobre todo, una forma de entender. De ordenar lo que uno siente antes incluso de saber que lo sentía. Hay cosas que no sé qué pienso de ellas hasta que las escribo; el folio tiene esa capacidad de obligarte a ser honesto, porque una idea floja aguanta en la cabeza pero se cae en cuanto la pones por escrito. En ese sentido, el primer lector siempre es uno mismo, y es el más difícil de engañar.

Por eso un texto que nadie lee no es un texto fracasado. Es un texto que ya ha hecho su trabajo más importante: le ha pasado algo por dentro a quien lo escribió. Guardo historias que probablemente no vean nunca una librería, y no las cuento como tiempo perdido. Me enseñaron a escribir las que sí salieron.

Nada de esto quiere decir que el lector no importe. Importa, y mucho: un libro solo se completa cuando alguien lo lee, lo malinterpreta a su manera y lo hace suyo. Buscar lectores no tiene nada de vanidoso; es querer cerrar el círculo. Pero una cosa es escribir para que te lean y otra escribir solo si te leen. Lo primero es ambición sana. Lo segundo es ponerle condiciones a una vocación, y las vocaciones con condiciones suelen durar poco.

Se escribe aunque no lea nadie por lo mismo que alguien canta en el coche o cuida un huerto que apenas da para una ensalada: porque hay cosas que uno hace para estar en paz consigo mismo, no para enseñarlas. Que luego lleguen lectores es una suerte enorme. Pero la escritura empezó antes que ellos, en aquella carpeta que no salió en años, y seguiría aunque volviera a cerrarse.